M. Beschon │ Un “mundo al revés”: el Carnaval de la Plaine puesto del derecho

Hoy tengo el placer (y el privilegio) de contar con una contribución invitada, un hermoso y vibrante texto de la antropóloga francesa Marie Beschon en el que describe los recientes disturbios en el carnaval de la Plaine en Marsella. Mil gracias a Jean-Pierre Garnier, que me pasó el artículo y me puso en conocimiento de lo sucedido.

No hace falta que les recuerde cuántas veces pensadores radicales han vuelto a la fiesta popular, y en particular al carnaval y al charivari, como momentos políticos por antonomasia: Bakhtin, Lefebvre, Edward Thompson… En términos más cercanos, cómo decía Mario Gaviria y le gusta recordar a Agustín Hernández Aja, “no habrá nunca revolución sin una buena caldereta”. Precisamente el otro día leía Dancing in the Streets. A History of Collective Joy, de Barbara Ehrenreich, para documentar parte del texto en el que estoy trabajando, un pasaje en el que se habla de la regulación y extinción de la fiesta popular durante el siglo XIX.

El texto de Beschon sobre Marsella es incluso mejor: les dejo con él, no se lo pierdan. No soy de los que piensan que una imagen vale más que mil palabras, pero al final de la entrada podrán encontrar un vídeo sobre lo descrito en el artículo.

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Un “mundo al revés”: el Carnaval de la Plaine puesto del derecho

Este año, una vez más, el carnaval independiente de la Plaine en Marsella ha reunido a varias generaciones alrededor de un desfile jovial y festivo. Este 16 de marzo 2014, el Charivari[1] juzgaba a Marsella la lujosa, “Marsella cinco estrellas”. El nuevo “hotel Dieu”, un hospital transformado en un gran hotel de lujo, estaba directamente acusado pero las cinco estrellas se referían también al nuevo restaurante cuatro estrellas actualmente en obras en el barrio popular de Noailles, a los turistas de crucero por los que el puerto de Marsella está sufriendo reordenaciones y a las tiendas de lujo que esperadas en el nuevo centro urbano del proyecto Euroméditerranée.

«¡Ha venido mucha gente! ¡Muchas familias y participantes! ¡En un ambiente de convivencia!», repitieron los carnavaleros. La policía estaba presente pero parecía menos acosada que el año pasado. Desde el mediodía, la plaza de la Plaine estaba rodeada de camiones de policía y de compañías republicanas de seguridad, en un silencio paralizador. Los policías desfilaron en su uniforme siguiendo a los carnavaleros. Tomaron parte del séquito y, por un instante, se confundieron con el jaleo en movimiento. Hasta pararon la circulación alrededor de los carnavaleros.

«¡Ha venido mucha gente! ¡Muchas familias y participantes! ¡En un ambiente de convivencia!». Sin embargo, esta vez el carnaval terminó mal.

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Los policías, estatuas inmóviles e insensibles, tras sus escudos de plástico y sus cascos de ataques, observan la fogata. Caramentran (que significa, en francés, cuaresma entrante, equivalente al pelele español), un pelele grotesco que, según la tradición provenzal, representa a una figura del poder aborrecida, está ardiendo. El Hotel Dieu y el crucero que lo transporta, se están consumiendo.

Las llamas luchan al anochecer pero las prendieron temprano este año y se están reduciendo poco a poco. En torno a ellas, unos bailan, unos cantan, otros se contonean. Una caja de vino va de boca en boca, servido con alegría a los músicos que acompañan con cantos en francés y en occitano. Tres carnavaleros, siguiendo al sonido de los tambores, rodean la fogata y le atizan con sus gestos como hechizados. Repentinamente, a veces, una rueda bailando dibuja de nuevo el circulo en llamas.

Todavía es temprano, el juicio del Caramentran ya lo llevaron a cabo y la noche se obscurece lentamente. Pero la policía se está impacientando. «Tienen prisa, ¡quieren tomar el aperitivo!». Un camión de bomberos se acerca del escenario junto a los policías. Como un caballo de Troya, los bomberos se lanzan con su surtidor frío mientras una armada de policías hace frente atrás.

Bajo la violencia del surtidor, un señor casi cae en el fuego. Los carnavaleros se sublevan y defienden las llamas. «Exigen apagar el fuego si queremos seguir la fiesta pero la fogata es el corazón de la fiesta. Apagarlo es apagar la fiesta». El jaleo rechaza esta intrusión. Pedazos de madera en llamas vuelan hacia los bomberos y los policías. Las brasas iluminan el cielo finalmente oscurecido por la noche. Algunos atacan la manguera de incendio y la agujeran. Todos abuchean a los uniformes. Gritan, silban, se defienden. Los carnavaleros forman un bloque solidario, los policías retroceden. Tiempo suspendido, pequeña victoria popular, emoción viva ante este espectáculo: un momento, han reconquistado la plaza bajo la mirada de las fuerzas del orden que se echan hacia atrás.

Pero los policías replican con gases lacrimógenos. En la masa. Las mesas del bar que lindan con el escenario vuelan. Las sillas caen bajo el peso de los cuerpos gaseados, atracados. Una chica grita de dolor, el gas coagulando con sus lentes de contacto. La llevan a un bar para atenderla. Una niña también recibe gas. Los carnavaleros se sublevan. De nuevo. La plaza y los hombres desparecen bajo un humo blanco y espeso. «¡Cuidado! ¡Ya no se ve nada!».

Al mismo tiempo, los policías proceden a un ataque furtivo, atrapan a un carnavalero. Lo aporrean y lo encierran. Actúan muy rápido. Pero los carnavaleros empiezan a divulgar la noticia. «Un camarada ha sido detenido. ¡Vamos todos a la comisaría de policía de Noailles para apoyarle!». Los músicos están al tanto. Discuten sobre la pertinencia de ir o quedarse aquí, en la Plaine, y marcar el territorio. No ceder, no irse. Es carnaval. O desplazarse. Sorprender a los uniformes apostados. Apoyar al camarada y defender el carnaval.

Finalmente, elijen irse. Lentamente, ondeando, los carnavaleros se desplazan siguiendo el sonido de la música. Los policías no se mueven, observan, intentando seguramente entender el movimiento, reflexionan sobre qué acción deben tomar. Ya casi son las ocho de la noche.

Bajan la calle de la Bibliothèque. Toman la calle. La circulación está bloqueada. Bailan ante los coches que se paran. Un auto llega desde arriba de la calle y pita al ritmo de los tambores. Alegría compartida de los carnavaleros, que lo dejan pasar. Los conductores sonríen, aceptan este movimiento y esperan para circular. Se oye a los postigos golpear, las ventanas se abren y caras de curiosidad aparecen. Una señora aplaude, un señor sonríe. El ambiente es ligero. Se siente uno casi sorprendido por las sonrisas de los transeúntes inmovilizados y por el buen humor de los habitantes. En este momento, se siente escapar a las condiciones mortíferas de un centro tranquilo y ordenado.

La toma de la calle Sénac acelera el ritmo y excita a algunos. Dos hombres tiran los basureros de la calles. Los vacían, los empujan y los tiran al suelo con energía. Sus caras van pintadas pero se distinguen sus rasgos. Un tercer carnavalero interviene y, cuidadosamente, dispone los basureros en medio de la calle para obstruir toda circulación. Los policías en motocicleta se encuentran bloqueados e intentan deslizarse entre los desechos. Pero no conviene a todos y algunos, decepcionados y enojados, deciden públicamente dejar al movimiento. «¡Eso no es el ambiente del carnaval! ¡Están haciendo estupideces!». Pero el conjunto de los carnavaleros sigue. Sólo quedan adultos; familias y niños se han ido ante la tensión policial y la ira creciente de los participantes.

Al llegar a la arteria La Canebière, el ambiente todavía es festivo y musical. Pero cuanto más se acercan de la comisaria de policía, más se sienten las tensiones. La música sigue inspirando a los carnavaleros mientras unos gritan su ira y cantan a favor de la liberación del colega arrestado en la Plaine. Los refuerzos policiacos tardan a llegar. Ironía del movimiento que, por un momento, se ha librado de la vigilancia tan preparada en el Plaine. Pero llegan poco a poco, se refuerzan, toman posición. Cierran el acceso al paseo Lieutaud formando une cadena de cascos oscuros.

Los carnavaleros bloquean la Canebière. Tres coches están parados en el cruce con el paseo Lieutaud. El primer conductor apaga el motor después de diez minutos. Espera pacientemente. Prende un cigarro. Su hijo sale del coche para informarse. Hablan. No se enoja. En medio de la calle, dos buses esperan. No pitan. No preguntan. Sólo esperan. El tranvía también esta parado. Su conductor toma posición, mantiene su cara en su mano derecha y mira a los carnavaleros que animan la calle al ritmo de sus bailes. Él tampoco reacciona. Dos conductores individuales y los pasajeros de un autocar intervienen y gritan su cólera por estar bloqueados. El diálogo es tenso. Pero los carnavaleros no se mueven. «¡Es culpa de los policías! Estábamos festejando el carnaval y ¡nos atacaron! ¡Qué es esa violencia! Y detuvieron a uno de nosotros. No tiene papeles franceses y lo llevaron a la comisaría de policía». Los conductores no tienen más remedio que esperar. El conductor del autocar se ha bajado para hablar con los policías, después de haber tenido el cuidado de encerrar a sus pasajeros quienes, así como bestias enjauladas, intentan provocar a los carnavaleros, babeando tras de las ventanas del vehículo. Escoge finalmente forzar el paso. Lentamente, abre camino y desaparece.

Los autobuses y el tranvía siguen parados, en el cruce Canebière-Lieutaud. Ha pasado una hora. El anuncio de un segundo camarada detenido en la Plaine se está propagando. Los carnavaleros reclaman la liberación de sus camaradas. Bailan. Los músicos intercambian los instrumentos mientras otros los fabrican con botellas y cacerolas. El aperitivo empieza de nuevo. Algunos compran bocadillos, otros comparten cervezas. Se preparan para quedarse.

21h30. Han pasado dos horas. Los autobuses dan media vuelta. El tranvía ha logrado seguir su camino. El conductor y su hijo han podido irse: «Es amable el señor. Desde el principio, no ha dicho nada. ¡Vamos amigos! ¡Déjanoslo pasar!». Se siente una cierta emoción al ver La Canebière bloqueada por una toma de la calle espontánea, libre y reivindicativa. Los espectadores son cada vez más numerosos. Observan, los brazos cruzados, la escena y esperan. Cenan sus bocadillos comentando los juegos de rol. Consultan a los carnavaleros y a los policías.

Va subiendo la tensión. Un carnavalero tira dos basureros en frente de las hileras de policías. Algunos individuos se acercan a los basureros, los desplazan, los colocan de nuevo. Por turno, bailan alrededor de los basureros. Un señor en particular juega con uno de ellos. Gira alrededor del basurero, le da golpes, lo agarra. Podría volverse un baile de lucha. Podría ser un juego de provocaciones escénicas. Pero los policías se mantienen firmes y los carnavaleros están furiosos. Un señor se acerca y prende fuego a un primer contenedor. Otro prende el segundo basurero. Las capuchas y los fulares se multiplican, se hacen más visibles. La música sigue pero el ambiente se ha complicado: entre los bailarines, los aperitivos, las reivindicaciones, entre los que provocan y los que observan, en guardia. Preparados para correr. Preparados para reaccionar.

De vez en cuando, algunos policías atacan. Con velocidad, precisión y violencia. Técnica codificada, operaciones quirúrgicas, repetidas y dominadas. En un movimiento brusco, engullen a un carnavalero, lo devoran con golpes mientras los escuadrones aprovechan la sorpresa y la adrenalina suscitadas para avanzar sus posiciones. Cuatro personas más son detenidas. Los basureros siguen ardiendo. La música ya cesó. Los carnavaleros se han dispersado. La policía ha avanzado, ganaron terreno. El paseo Lieutaud les pertenece. Cuidan la parte baja de La Canebière con sus perros, los excitan con juegos de correas. Se mantienen derechos, firmes. Orgullosos en sus botas. Convencidos bajo sus cascos. Cargaron en la Plaine. Provocaron a la multitud. Atacaron.

Ha venido mucha gente. Muchas familias y participantes. En un ambiente bonachón. Sin embargo, el carnaval acabó mal. Todos están aquí. Parados. Frente contra frente. Armas contra cervezas. No hay final posible. Los carnavaleros exigen la liberación de los camaradas para irse. Interlocutores señalan que el gobernador no abandonará. Que a los detenidos no les soltarán.

De repente, dos señoras toman el centro del ruedo. Al lado de las fogatas, bajo la mirada de los policías, dialogan con los carnavaleros. El tono es fuerte y sus gestos amplios. La voz de una de ella, aunque aguda y baja, atraviesa la algazara: «¿Quién crees que eres? ¡Dime! ¿Quién crees que eres para hablar? ¡Lárgate a tu casa!». «¡No tenemos casa!» replica un carnavalero. Volviéndose, las señoras se acercan de un grupo de carnavaleros hacia atrás. Les explican que fueron llamadas por la comisaria de policía por sus experiencias asociativas con las personas sin papeles. Transmiten las palabras de la comisaria, quien pone como condición para reunirse con el detenido en situación ilegal que los carnavaleros liberen las calles.

El debate es tenso. Entre la tentación de aceptar, para ver al joven encarcelado, atestiguar de su condición, llevarle apoyo. Y rechazar. Porque los otros detenidos se quedarían, porque no les han asegurado sobre el buen trato de sus camaradas. También porque lo que están pidiendo las autoridades «es un chantaje. ¡Pedirle a usted señora obtener nuestra aprobación! Pero no respondemos por usted y usted no responde por nosotros. Somos una agrupación espontánea. No somos una asociación. Nos reunimos espontáneamente para defender a nuestros camaradas y al carnaval. ¿Qué esperan ellos? ¿Que usted hable con cada uno de nosotros para obtener su aprobación? Eso es un chantaje. Y ya saben que han perdido».

El cuerpo carnavalero se quedó. Aunque debilitado, disperso, desecho con las horas que se han transcurrido. A las 10.20 de la noche todavía estaban aquí. Los basureros seguían ardiendo. Los cascos negros y sus porras desafiaban la calle mientras los perros se estremecían por atacar.

El carnaval fue mal y acabó peor. Siete personas resultaron detenidas. Los dos carnavaleros atrapados en la Plaine fueron condenados con dos meses de prisión; uno de ellos acumulando además seis meses de prisión con provisión. Los otros cinco camaradas fueron detenidos en frente de la comisaria de policía de Noailles. A tres de ellos les aplicaron seis meses de prisión con dos de ellos sin fianza. A otro le juzgaron con un mes y a la quinta persona le aplicaron ocho meses, dos sin fianza. A este balance macabro se añade la detención de un carnavalero acusado de haber tirado un huevo a un policía vestido de civil. Acusado de carnaval. Rechazó la comparecencia inmediata y ha sido mandado en detención provisional hasta su juicio, fechado para el 16 de abril de 2014.

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En 2013, los policías habían recibido la orden de cargar si los carnavaleros se atrevían a deambular. El gobernador y sus fuerzas habían optado por la provocación y las amenazas. Pero los carnavaleros decidieron desfilar. Ese año, más de una docena de camiones de policías desfilaron a pesar de ellos, tras el caramentran. Al fin y al cabo, estaban ya disfrazados. En 2013, la provocación de las autoridades ya era inoportuna. E irónica. Marsella festejaba la “Cultura” en los museos y, en sus arrebatos de popularidad, ofrecía manifestaciones artísticas gratuitas en las calles del centro. Pero en realidad, debería decirse otra vez más, el carnaval era rechazado. La “Cultura” no tenía lugar en una manifestación espontánea, libre y popular. Ésa que no se podía concebir más que como escenificación de artistas (re)conocidos, convalidados, ordenados al servicio – impuesto– de una población espectadora. En Marsella, en 2013, celebrábamos la “Cultura” de los otros, oferta en bandeja a un público embrutecido, y amenazábamos la apropiación de la calle por las celebraciones musicales y teatrales de un vagabundeo jovial y reivindicativo.

Este año, este 16 de marzo de 2014, las fuerzas del orden deliberadamente provocaron a los carnavaleros. Señalaron claramente su resolución de terminar con la pretensión del derecho a la calle, el derecho a la palabra y a la ciudad. Cargaron. Y desfiguraron el carnaval en una manifestación de cólera y violencia. Imágenes de enfrentamiento eclipsaron las imágenes de un desfile de familias y de disfraces. Los medios hablaron incluso de “guerrilla urbana”. Mencionaron a Marsella en las noticias locales y nacionales pero no eso ha desconcertado. Violencias en Marsella, una fantasmagoría de guerrilla urbana. Marsella, cómo no. Podemos pasar a otro tema. Olvidando, una vez más, devolver a la ciudad, a sus luchas y sus dificultades, toda la realidad política que les nutre. Y sobre todo, el carnaval, sus significados, su historia, sus reivindicaciones y su palabra, desaparecieron.

Este año, en 2014, la ironía ha alcanzado su colmo. Martes 25 de marzo, el Museo de las Civilizaciones de Europa y de Mediterráneo (MuCEM) inauguraba una exposición sobre los carnavales y las mascaradas de Europa y de Mediterráneo: “el mundo al revés”. Incluye el carnaval de la Plaine de 2013. Lo celebran. Como una frontera temporal, espacial y política, el tiempo del desfile invierte los papeles y da al pueblo el espacio y la palabra que los cuales está privado el resto del año.

Ya está hecho. El carnaval de la Plaine ha sido engullido por el museo. Digerido. Evacuado. Para reivindicaciones populares, una palabra política y culturas de barrios aseptizadas. Limpias. Ordenadas. Dominadas.

Martes 25 de marzo, el director del MuCEM brindó por los carnavales y el mundo al revés. Por los encarcelados, las familias y los niños gaseados, por los transeúntes atracados.

Martes 25 de marzo, la “Cultura” y lo político brindaron, una vez más, por la ejecución de la ciudad y de sus pueblos y se felicitaron por la victoria del orden y de la autoridad sobre estos mundos al revés de los cuales aprecian hablar pero que sueñan con suprimir.

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[1] Ritual festivo en el que el pueblo sale a la calle para burlarse de los poderosos, el charivari ha desaparecido hoy en día de las ciudades francesas. El espíritu está resumido en la canción del Jorobado de Notre-Dame, inspirada de la novela Notre-Dame de París de Víctor Hugo y cantada por el dibujo animado de Walt Disney:

Cada año, festejamos este evento, / Cada año, ponemos París patas arriba, / La plebe es reina, los reyes son payasos y ríen, / En parís, ¡es el gran Charivari!

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One Response to M. Beschon │ Un “mundo al revés”: el Carnaval de la Plaine puesto del derecho

  1. DC says:

    el charivari ! qué casualidad! hace poco leí un capitulo titulado ‘Workers Revolt: The great cat massacre rue saint-séverin” de Robert Darnton de su libro The Great Cat Massacre que describe muy bien este ‘ritual’ en el marco de los trabajadores de un una imprenta en el siglo XVIII…
    Gracias Álvaro por el artículo de M.Beschon!

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