Estudios de uso de la ciudad

Me encuentro con este pasaje del siempre interesante Manuel Delgado en su blog (a partir de su capítulo en el libro colectivo La interpretación del mundo. Cuestiones para el tercer milenio, editado por Andrés Ortiz-Osés y Patxi Lanceros para Anthropos):

La vieja analogía entre cuerpo y ciudad, a la que Sennett dedicara una excelente obra (Carne y piedra, Alianza),  recibe ahora […] un importante matiz. A la ciudad concebida por el arquitecto o el urbanista le corresponde un cuerpo hiperorgánico, una máquina tan perfecta como la que imaginaran Wright o Le Corbusier en sus proyectos, tejido celular preciso, con su corazón, sus intestinos, su aparato locomotor, su sistema nervioso y circulatorio, su cerebro, pero sin sexo, sin deseo, sin el estremecimiento que procura la carne, sin la tensión que suscita la actividad muscular, sin poros, ni piel. Frente a ese cuerpo acabado con que sueña la ciudad planificada, el cuerpo inacabable de la ciudad real, de lo urbano. De un lado, cuerpos que son o que están, puesto que todos y cada uno de ellos es un estado, tan estado como la ciudad-Estado en que son instalados bajo control y a condición de que permanezcan en todo momento localizados y previsibles. Del otro, una sociedad de cuerpos que permanecen siempre en danza, cuerpos que en este caso ni son ni están, sino que suceden; que pertenecen no al orden de la estructura y de la función, sino del acontecimiento. A un cuerpo reversible y mesurable, fijado al suelo de su estructura –la ciudad como sitio sitiado– se le opone o le permanece indiferente otro cuerpo idéntico a lo urbano, un cuerpo nomádico, que camina, que se arrastra, que salta, que se revuelca, que sólo sabe de intensidades, que no es ni siquiera propiamente una anatomía, sino una amalgama indiferenciada de pensamiento, de carne y de deseo.

Podéis leer un pasaje más amplio aquí. Contiene este fragmento el núcleo de lo que a muchos urbanistas nos atrae del trabajo de la antropología urbana y la geografía humana — y también lo que nos repele de ciertas posiciones consolidadas en el campo de la planificación. Y, con todo, esa sensibilidad especial hacia las prácticas espaciales que antropólogos y geógrafos nos han enseñado sigue resultando huidiza, quizás por el motivo mismo que Delgado señala: porque esas prácticas se resisten denodadamente a cualquier intento de sistematización analítica, por no hablar de su regulación.

En cualquier caso, se trata de un reto en el que merece la pena seguir fallando. Durante mi experiencia profesional junto al urbanista Carlos Sánchez-Casas tuve oportunidad de disfrutar y cogerle el gusto a un bloque de información urbanística al que él es muy aficionado (se tenía que notar su experiencia de colaboración con Mario Gaviria y su adscripción lefebvriana): el estudio del uso de la ciudad, de las prácticas a través de las cuales los ciudadanos construyen la vida cotidiana, el sentido de los lugares, sus dinámicas, más allá del tejido edificado pero en estrecha interacción con él. Era, sin duda, una de las tareas más hermosas de los planes en que incorporábamos este tipo de análisis. A pesar de todo la traslación de las lecciones aprendidas al aparato normativo y a la propuesta urbanística concreta era sumamente difícil y, al menos en mi experiencia, insatisfactoria en relación a los hallazgos de la fase de estudio y diagnóstico. Por supuesto pueden esgrimirse numerosos argumentos pragmáticos o pedestres para explicar esas contradicciones: podéis imaginar el rostro de estupefacción y la falta de sensibilidad de la mayor parte de políticos y agentes económicos cuando les hablábamos de estas cosas…

Pero los motivos reales de la dificultad para trasladar el análisis del uso de la ciudad a las propuestas urbanísticas son, creo, mucho más profundos. Hay otra falla, de carácter estructural y quizá relacionada con las propias raíces disciplinares y el rol histórico de la planificación. Como he defendido en varios lugares (por ejemplo aquí y aquí), el lugar social del urbanismo no ha sido el de la atención y protección de la diversidad de formas de vida y prácticas espaciales sino, más bien al contrario, su restricción y regulación al servicio de un proyecto de orden social más amplio. Buena parte de las herramientas, principios y modelos que la planificación ha desarrollado fueron ideados para eliminar o sustituir las prácticas espaciales espontáneas, para cortar y no para unir, para reescribir y reterritorializar la vida cotidiana en la ciudad. No es casualidad si hoy nos encontramos con una desesperante carencia instrumental para comprender o lidiar con estas dimensiones.

La tarea pendiente es obvia: los urbanistas tenemos una deuda histórica con las espacialidades populares; ya es hora de que nos fijemos la redención de dicha deuda como un programa de investigación propiamente dicho a nivel académico y profesional.

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2 Responses to Estudios de uso de la ciudad

  1. GabrielaBayrón says:

    Esta entrada me llamó la atención porque trata sobre el problema por el que están pasando muchas de las ciudades de hoy en día en cuanto a la contradicción que encontramos entre el ideal de una ciudad planificada que funciona como un sistema perfecto y entre la ciudad real cuyo funcionamiento no es perfecto y está constantemente evolucionando. Como se menciona en el escrito, la analogía entre cuerpo y ciudad permanece en la mente de muchos planificadores y arquitectos del espacio urbano. En muchas ocasiones, sin embargo, esta analogía va dirigida en la dirección de crear un cuerpo perfecto y acabado, contrario al de los seres humanos, cuyas funciones y espacios interactúen de una manera ideal cumpliendo con su más alto potencial. El conflicto dentro de este ideal con el que sueñan para planificar ciudades es que la verdadera ciudad es un lugar que es inacabable, como el autor menciona. La ciudad que habitamos nunca puede estar terminada porque en este mundo urbano hay un movimiento constante de personas con diferentes trasfondos culturales y diferentes objetivos. Los cambios de tendencias, o sea, la evolución continua de las ciudades impide que la ciudad llegue a un punto específico en que se pueda catalogar como terminada. Esta transformación que sufren las ciudades, sin pausa alguna, nos indica que hace falta parar de mirar la ciudad como un plan que debe estar terminado, sino como uno que debe ser preparado de manera que se pueda ajustar a los cambios.

    Algunas ciudades del mundo como, por ejemplo, Nueva York, Madrid y Berlín no serían las grandes ciudades que son actualmente si no fuera por las ricas influencias culturales de diferentes naciones que han tenido gracias a las inmigraciones y otros intercambios culturales a través de su historia. Si el análisis social del estudio de la ciudad ha estado siempre dirigido a restringir además de regular la diversidad y las distintas prácticas sociales, está de más recalcar que ha sido el incumplimiento de estas normas o restricciones lo que ha permitido el desarrollo de las ciudades en todos sus aspectos. Proteger y estimular esta diversidad social debe ser la meta de los urbanizadores, arquitectos y otros planificadores al momento de crear nuevos espacios. Como menciona el autor de este artículo, Alvaro Sevilla, al hablar de este dilema: “se trata de un reto en el que merece la pena seguir fallando”. O sea, el éxito de las ciudades se ha logrado cuando estos planes hacia un sistema perfecto se han desviado para transformar la ciudad en un organismo que se encuentra en un estado de cambio constante. La ciudad real, en vez de ser un plan, existe y es continuamente moldeada por sus ciudadanos. Una verdadera ciudad ideal será aquélla que comprenda espacios que se ajusten a los cambios que la transforman día a día y que pueda aceptar la diversidad social que se encuentra dentro de ella.

  2. Nanichi says:

    Muy cierto lo que comentas, las ciudades no son perfectas y hasta que no borremos esa idea estaremos estancados… Muy interesante el blog….

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